El Valor de las Cosas bajo Estándares Aseguradores. Orígenes (1ª parte)

El Valor de las Cosas bajo Estándares Aseguradores. Orígenes (1ª parte)

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En el siguiente artículo, dividido en dos partes analizaremos la valoración como común denominador a todos los ámbitos de nuestro sector, un concepto crucial al que el conjunto de los agentes y entidades que concurren en la esfera aseguradora tienen que enfrentarse.

El papel del broker adquiere, desde los primeros compases de su gestión, un cariz protagonista por la crítica relevancia de su buen hacer en el análisis, control, adecuación y aplicación de las diversas gestiones de valoración a las que debe ocuparse y por las que necesita preocuparse, durante el desempeño de su labor intermediadora.

Un afinado manejo de las variables, tanto unitarias como globales, que articulan los parámetros de una correcta evaluación de las necesidades de valoración de sus clientes, supondrá, sin duda, el éxito o el fracaso del servicio prestado.

El concepto “valoración”, aunque pueda asimilarse de forma inmediata a presupuestos más o menos actuales, nos retorna realmente a un precepto que, desde antaño, nos ha acompañado en el ordenamiento y regulación habitual de nuestras actividades y transacciones hasta nuestros días.

 

Haciendo historia

Una breve retrospectiva nos trasladaría al año 1770, fecha como inicio de lo que vino a considerarse “economía clásica”, lo que sin suponer mucha sorpresa, no es más que otra de las muchas ramificaciones de conocimiento intelectual que, bajo el resto de acontecimientos del “Siglo de las Luces”, marcaron el devenir de los acontecimientos y signos políticos, sociales, económicos y culturales que han extendido su influencia hasta la actualidad.

Los estudiosos de la escuela clásica fomentaron la estructuración del desarrollo económico de la sociedad bajo dinámicas de crecimiento ordenado, en las que como variable esencial para la cuantificación del valor de las cosas se posicionaba el trabajo.

Este “trabajo”, entendido como unidad de medida para la definición o cálculo de una ecuación cuyo objeto es la cuantificación de un determinado valor, fue entendido por esta escuela clásica como el precepto esencial para fijar o estipular el valor de un determinado bien o un servicio específico.

Este modelo teórico del valor terminó de definirse bajo un patrón de razonamiento en el que el valor resulta directamente proporcional a la cantidad o volumen de trabajo que es necesario desarrollar para su concepción.

Conforme se asentaban los cimientos de la teoría, se agregaron a la ecuación variables, de índole productiva, que incidían en la corrección final de la definición del valor, como eran el grado de utilidad, la dificultad de ejecución, la especialización necesaria para su satisfactoria ejecución, la cualificación e incluso de localización geográfica en la que el bien o el servicio se desarrollaría.

Por último, los propios integrantes de estas corrientes de pensamiento comprobaron que la diferencia entre valor y precio sufría inexorablemente una autorregulación forzosa, por una circunstancia ajena al proceso productivo, que vino a definirse por postulados más o menos coetáneos, como “teoría de la oferta y la demanda”, terminando por convertirse a finales del siglo XIX como la ley de formación de los precios.

 

Valor de cambio o intercambio

Ya entrados en el siglo XIX, las corrientes de pensamiento avanzaron y derivaron en otras, en las que, tomando como base los preceptos anteriores de la escuela clásica, centraban su atención también en el valor que denominaron de cambio (o intercambio), fundamentadas, en paralelo, en la teoría del valor trabajo, donde el valor de intercambio de las cosas viene determinado por el valor del trabajo que llevan incorporado (teoría objetiva), y el valor de uso de las cosas (teoría subjetiva), donde prima el concepto de utilidad que depende menos del bien objeto o del servicio prestado, en sí mismo, que del uso que de ellas hacemos.

De una teoría subjetiva del valor (el concepto de utilidad), se pasa a una teoría objetiva (el precio del trabajo), expresado en la fórmula: “Una cosa no vale por lo que cuesta, sino que cuesta en virtud de su valor”.

 

Corrientes neoclásicas

La economía neoclásica y, en particular, la revolución denominada marginalista (escuela de mediados/ finales del siglo XIX), supuso un cambio de rumbo considerable en la utilización del concepto de valor (manteniéndose, eso sí, los fundamentos del concepto “trabajo incorporado”). Para las corrientes neoclásicas el intercambio de un bien por otro se establece en términos de utilidad marginal, que disminuye al aumentar la cantidad del bien intercambiado.

La teoría económica neoclásica es considerada como el germen de todas las teorías modernas de la formación de los precios y del funcionamiento de los mercados, donde los precios de las cosas se articulan bajo la óptica de un equilibrio inestable, siendo el resultado del equilibrio parcial entre la oferta (detrás de la cual está el coste que la producción del bien comporta) y la demanda (detrás de la cual está la utilidad que el disfrute del bien reporta al consumidor), transformándose en las expresiones monetarias de los valores de las cosas, de los bienes y servicios intercambiados en el mercado.

Esta racionalización de conceptos nos permite, hoy, establecer e identificar las diferencias necesarias para la adecuada determinación del valor de los bienes, bajo prismas comunes de caracterización y comparación, lo que se traduce en cuestiones esenciales estrechamente ligadas a nuestro sector, suponiendo sin duda la base sobre la cual se cimienta nuestro valor como intermediadores de un servicio tan útil y de un trabajo tan especializado como es el de Willis.

 

Alejandro Valladolid, Director de Siniestros y Construcción de Willis Iberia

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